Ansiedad

Dolor en el pecho, nervios. El dolor se extiende: brazo izquierdo, hombro, espalda, cuello. Es un dolor agudo, punzante. Te paraliza. Dejas de respirar.

Bocanada de aire, dolor. Desesperación. Lágrimas. Vuelves a no respirar.

Piensas “si me duele otra cosa, esto parará”. Sí, eso es. Eso tiene que ser. Es lo que necesitas que sea. Te golpeas. No funciona. Te golpeas más. Sigue sin funcionar. Dejas de respirar por tercera vez.

Te escondes, cuanto más pequeño sea el hueco, mejor. Te haces un ovillo. Esperas. “No quiero morir”, piensas. Deshechas esa imagen, o lo intentas.

Respiras poco a poco. El dolor empieza a desvanecerse. Aprendes que es respirar lo que duele. Aguantas el aire. Aprendes que así duele más.

Intentas normalizar la respiración, te levantas. Caminar y respirar es lo que duele ahora. Te encoges. Esperas.

Te encuentras a alguien. Cara de preocupación. “No me toques”. “No te acerques”. “No me mires”. “Vete”. Pero te da miedo estar sola, y hablar duele. Sonríes, “no pasa nada, no es nada”.

Te vas. Dolerá unos días más, cada vez menos. Tendrás miedo a dormir. Es un proceso lento, pero sobrevivirás.

Y, si no, al menos lo intentas.

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