Azul.

Se levantó y miró al cielo, como de costumbre. Sonrió, tenía un mal presentimiento, pero el cielo estaba de un azul tan brillante que hizo que lo olvidase. El gato le dio los buenos días subido en la encimera de la cocina y la esperó para poder desayunar juntos. Hablaron de tonterías: Del tiempo, del azul del cielo, de las compras del mes… Acabaron discutiendo, como solían hacer últimamente. El gato comentó que la cena del día anterior le había hecho daño en el estómago porque tenía demasiado picante. Ella gritó que ya no la valoraba y que estaba harta. Antes de que ella se fuese a trabajar, se pidieron disculpas mutuamente y decidieron que lo hablarían a la vuelta.
El gato esperó, pero eran ya las tres y ella aún no volvía. Al día siguiente tampoco volvió a casa. Cuando llamaron a la puerta, dos días más tarde, entendió que no volvería jamás. Y lloró, pensando que debía haberla despedido de otra forma, que, quizás, si le hubiese explicado que lo de la cena no tenía importancia y le hubiese dicho cuánto la quería… Pero ya no había vuelta a tras.
El gato paró de llorar y miró al cielo… Estaba de un azul tan brillante…
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